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El mensaje de William Miranda Marín no fue un mero lamento borincano. Fue el grito colectivo de un pueblo, expresado con claridad e integridad. Un pueblo harto ante la mediocridad, superficialidad y vanidad de un liderato político que no le responde. Un pueblo que se ve incapaz y, peor aún, se cree incapaz, de resolver los problemas fundamentales que le aquejan. Es el grito de toda una generación que lejos de descansar en los laureles de pasados logros, quiere romper, forjarse camino y hacerse de sus propias conquistas.
La ruptura a la que aludió, no es, como algunos han interpretado, un llamado a fragmentar el Partido Popular Democrático. En toda institución de larga trayectoria, siempre pesarán sobre los líderes el ejemplo de aquellos próceres del pasado. Pero igual que hicieron ellos para llegar a ocupar su sitial en el panteón de los grandes, así tendrán que hacer las generaciones actuales.
No basta con citar a Muñoz, aisladamente y fuera de contexto, para justificar posiciones del presente. Muñoz rompió con el pasado y forjó su propio camino y el de un pueblo. Así también nos toca ahora romper con el pasado, como el hijo que rompe con sus padres sin menospreciar sus aportaciones, y echar a andar.
En ese camino, Willie nos dirige hacia la consecución de mayores espacios soberanos. Dicho de otra forma, espacios dentro de los cuales podamos ejercer autoridad sobre aspectos esenciales de nuestra gobernanza como nación.
Ése fue también el camino de 1952. Tanto es así, que en la Constitución del Estado Libre Asociado, avalada en las urnas y por el gobierno estadounidense, el pueblo puertorriqueño retuvo el poder soberano para enmendar, sin consentimiento del Congreso, su magna carta dentro del espacio de gobierno propio y autónomo.
Ahora nos toca responder ante los cambios de las últimas décadas. En el 1952, resultaron efectivas las soberanías que reclamó el pueblo para responder a los problemas de la época. Viabilizar otros espacios de soberanía es el camino obligado para Puerto Rico para atender nuestros problemas contemporáneos.
Aun así, arriesgo a equivocarme al decir que el Grito de Willie no fue de corte independentista. Si lo fuera, estoy seguro que el alcalde no habría tenido reparos en decirlo. Después de todo, si algo no le faltó al mensaje fue sensatez. Incluso, no sería congruente el llamado a una convergencia amplia de personas de todos los sectores, con una visión estrictamente ideológica de inclinación independentista.
El PPD puede ser ese espacio de convergencia. Aun cuando coincido con quienes señalan que el PPD no es, no ha sido, ni deberá ser un partido anexionista ni independentista, creo que dentro de él caben hombres y mujeres de todas las ideologías.
Por épocas, estas personas, con ideas a la izquierda y a la derecha, han nutrido el ideario popular. Han abogado por la no aplicación de las leyes de cabotaje, en el primer extremo, y por el voto presidencial, en el otro.
Y si bien el PPD no es un partido que se organice alrededor de una ideología sobre status, su fin siempre ha sido buscar esa coalición de voluntades, de otras formas irreconciliables, que nos permitan adelantar unas causas comunes.
Polarizarnos y atrincherarnos, sea hacia la derecha o a la izquierda, sería contrario al espíritu de inclusión del PPD.
Aceptemos todos el reto de unirnos como pueblo, dialogar como iguales y forjar un nuevo camino de prosperidad y justicia.
Nota: Publicada y tomado de elnuevodia.com 20 de febrero de 2010: http://www.elnuevodia.com/columna/674690/ |